Benita Cuellar, periodista y licenciada en Comunicación Social, escribió en La Voz del Interior un artículo sobre la íntima relación que hay entre la cultura y la comida, los hábitos de consumo de los argentinos, y necesidad de una educación alimentaria. Desde Domingueros te traemos toda la data para pensar en que, a veces, realmente somos lo que comemos.

Tapa de Número Cero, La Voz del Interior
Ilustración de Javier Candellero

La cocina como uno de los espacios del hogar ha sido desde muchos años un lugar de reunión social más que sólo un ámbito de producción alimentaria. Quién no recuerda a algún pariente cocinando su especialidad mientras contaba anécdotas o estar haciendo la tarea del colegio en la mesa de la cocina mientras esperabas la merienda (claramente más enfocado en eso que en los ejercicios de matemática).

Que cada uno/a tenga este tipo de recuerdos nos hace pensar que el espacio de la cocina llega a tener una gran relación con la forma en que nos criamos, en que vivimos, realizamos nuestras actividades, nos reunimos con familiares y/o amigos y compartimos vivencias con ellos/as. Esto, en resumidas cuentas, forma parte de nuestra cultura, algo en lo que capaz no tomamos conciencia como tal. Entonces nos preguntamos, ¿qué relación habría entre la comida y la cultura?

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Patricia Aguirre, doctora en Antropología y docente e investigadora del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús, considera que el vínculo entre comida y cultura es clave: “La comida es producto y a la vez produce relaciones sociales. Los seres humanos comemos una comida que fue designada como tal, producida como tal, distribuida como tal por generaciones anteriores. Nuestra comida tiene historia”.

Cada cultura, cada generación y cada familia tiene su producción de alimentos propia. Recetas, memorias, historia. Por ejemplo, la milanesa, un manjar que resalta cada vez más entre los argentinos, tiene sus orígenes en la Edad Media, pero también el debate se abre a indagar si fueron originadas en Milán o Viena. A lo que vamos es que, después de tantos siglos, la milanesa como muchos otros alimentos ha ido pasando de generación en generación y es aún hoy un plato deseoso con distintas formas de cocinarla y acompañarla.

“Como dice el antropólogo Claude Fischler: los humanos no sólo comemos nutrientes sino que también comemos sentidos. El vínculo entre la naturaleza y la cultura es indisoluble. Nuestros alimentos actuales son producto de miles de años de domesticación” – Patricia Aguirre

El problema actual se presenta con los malos hábitos de consumo y el catastrófico desperdicio de comida que muchas veces no tenemos en cuenta. Según la Red de Bancos de Alimentos, en Argentina se pierden y desperdician 16 millones de toneladas de alimentos por año, mientras un 32% de la población se encuentra en situación de pobreza y riesgo alimentario.

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En Argentina se pierden y desperdician 16 millones de toneladas de alimentos por año. Fuente: Red Bancos de Alimentos Argentina

Comemos mal y a contrarreloj

Los malos hábitos a veces se generan por vivir apurados. Si vamos a mil, comemos a mil. Solemos alimentarnos de comida rápida porque no tenemos tiempo de cocinarnos algo saludable. Hemos cambiado nuestro estilo de vida y con él nuestras cartas alimenticias. “El estilo de vida actual no es el mismo que hace 50 años. Hoy es muy poca la gente que cocina desde de la huerta a la mesa. Comemos alimentos con algún tipo de procesamiento, incluso los frescos”, sostiene Aguirre.

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Por su parte, la nutricionista Sandra Sartor destaca que “la gente está muy confundida entre lo que es saludable y aquello que no lo es” y que “los profesionales” tienen una gran “responsabilidad en este sentido”. Ella sostiene que lo mejor es “volver a lo simple”, es decir, volver a comer cosas sin tanta elaboración y conocidas para tener una buena alimentación.

Lo que sucede en este punto es que muchas personas no saben de qué están hechos los alimentos que consumen. Para Patricia Aguirre, los principales culpables en ese sentido son la agroindustria y la publicidad. “Crean alimentos en laboratorios. Todo eso en función de adaptar la comida a lo que llamamos vida moderna. Hoy se considera más valiosa una cajita feliz que una manzana”. Y aún así, la manzana ya viene como opción dentro de la cajita.

No siempre hay tiempo para cocinar y por ende menos tiempo para digerir. Los alimentos ya no llegan “desde la huerta a la mesa”, cada vez tienen más grasas, azúcares y colorantes innecesarios y la industria nos llena de productos dañinos para nuestra salud.

“Nuestra industria es pésima, porque no tiene cuidado con los comensales (…) Hay que regular la industria para que venda productos saludables. La ganancia tiene que ser la salud del comensal” – Patricia Aguirre.

¿Desecho o comida?

Una última cuestión al respecto es el dilema de desechar la comida. Hay grupos, restaurantes y organizaciones que recogen comida que aún puede ser consumida y la entregan a la gente que lo necesita, como es el caso acá en Córdoba de la propuesta Yappa, una asociación civil que busca reducir el desperdicio de alimentos y al mismo tiempo ayudar a personas en situación de vulnerabilidad social a través de la comida.

Pero, para la antropóloga, habría que analizar el hecho de que esa comida no sea un “desecho” por parte de quien no la consume más para alguien que la necesita. El tema pasa por llegar a que todas las personas tengan derecho a alimentarse adecuadamente y que tengan la opción de elegir. “Entiendo el trabajo de los bancos de alimentos pero luchemos contra la pobreza, no con alimentos a punto de vencerse”, aclara en la nota.

El alimento forma parte de nuestra identidad y es vital para nuestras vidas, asegura la periodista Benita Cuellar. Hay abundancia aunque no para todos, y se desecha en toda la cadena productiva, lo que genera desigualdades entre quienes tiran y quienes no tienen nada en el plato.

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Es necesario tomar conciencia y actuar en consecuencia

Como consumidores hay que adquirir una educación alimentaria con respecto a lo que comemos y lo que desechamos. Muchos restaurantes venden alimentos en porciones grandes lo que permite, por ejemplo, que entre dos compren un sólo menú para compartir.

Por su parte, la antropóloga Aguirre supone que hay mucho más por hacer en medida de “políticas alimentarias, acceso a la capacidad de compra, educación y salubridad”. Es decir, el trabajo tiene que salir tanto de los consumidores, como de los locales de comidas, las empresas del rubro y el mismo gobierno.

Ley Donal

La ley Donal, sancionada en 2004, es un claro ejemplo para la situación. Su objetivo es incentivar a las donaciones de alimentos para satisfacer las necesidades de las poblaciones más vulnerables. La Ley estipula quiénes pueden donar, qué productos, cómo debe hacerse y los derechos y obligaciones de cada parte. Sin embargo, dentro de la misma se rechazó el artículo 9 que libraba a los donantes de la responsabilidad sobre los alimentos una vez entregados a los beneficiarios siempre y cuando la donación se hubiese efectuado de buena fe. En consecuencia, las empresas dejaron de donar. Desde la Red de Banco de Alimentos Argentina se están juntado firmas para modificar la ley y con ella la posibilidad de resolver la gran preocupación social sobre el desperdicio de alimentos. Más información aquí.

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Fuente: La Voz del Interior – Número Cero

 

Escrito por Brenda Natalia Petrone Veliz

Estudiante de Comunicación Social. Operadora en Radio Furor. Bloque poético, musical y cultural propio: Relato Local en Mal de Muchos (Play FM). Redactora en Domingueros.